28 diciembre 2007

IGNORANCIA O CONOCIMIENTO
(o la aproximación a los límites del pensamiento humano)


Las ideas que expongo a continuación están relacionadas básicamente con los conceptos de felicidad y de egoísmo.

Lo que busco son respuestas válidas a algunas preguntas sobre los orígenes.
- ¿Cual es el origen de la existencia? (de la existencia en general, de cualquier existencia, no sólo de la humana).
- ¿Que fue lo que provocó el inicio de todo lo que conocemos? (aún no me atrevo a preguntar sobre lo que no conocemos, pero todo se andará).

Me pongo a pensar...

Recuerdo una idea que daba como respuesta la voluntad, el querer, que era el detonante de cualquier inicio. Esa pulsión era la que marcaba el inicio de una creación o de una acción.
Pero mi forma de pensar (y me refiero a mi estructura mental, a mi manera de estructurar los pensamientos) me ha llevado durante los últimos años a intuir que hay algo más, previo a la voluntad, que marcaba ese inicio.
La idea por sencilla puede parecer estúpida, y es la siguiente: nada se inicia si no produce algún tipo de placer. Y este es un objetivo general, es decir, cualquier cosa o animal tiene como objetivo el placer propio en todas y cada una de sus acciones, creaciones, pensamientos o cambios, ya que eso les aproxima a la felicidad.
Ese placer propio como objetivo es una forma de egoísmo en origen, y más concretamente la necesidad de placer propio.
Por deducción llego a una respuesta previa y hasta ahora incontestable:

"La necesidad de placer propio es el origen de todo lo conocido".

22 febrero 2007

LA ERA DE LA RESTRICCIÓN

Si conduces a más de 120 kms./hora te pueden quitar dinero, a menos, no (en algunas carreteras, en otras sí). Si quieres conducir a más de 120 tienes que ir a un circuito.
Si entras con tu hija a un bar te pueden quitar dinero, si entras solo, no. Si de todas formas quieres entrar con tu hija, puedes entrar por la noche (reventando la persiana del bar), con lo que también te pueden quitar dinero, o puedes abrir un bar infantil, que hasta que no exista legislación en contra será el único donde puedan entrar niños.
Si fumas en un lugar sin cartel verde te pueden quitar dinero, si hay cartel, no. Si quieres fumar puedes arrancar el cartel y quemarlo con el mismo mechero que enciendas el cigarrillo o llevar siempre contigo un cartel verde y colocarlo encima del rojo cada vez que entres a ese lugar.
Si tu perro se caga en plena calle y no recoges la caca y te la llevas te pueden quitar dinero. Tu perro ha de cagar en la calle, con lo cual, o te llevas la caca o puedes pisarla y extenderla en un amplio radio y si te ven, decir que eres un artista postmoderno. También puedes enseñarle a tu perro a comerse sus cacas, con lo que te ahorras un dinerillo en guantes de plástico y/o bolsas. La otra opción es que te las comas tú, lo cual requiere un arduo entrenamiento previo (no es imposible); en este caso te podrías ahorrar o el desayuno o la cena, sólo una de las dos comidas, ya que no es aconsejable comer caca de perro más de una vez al día (pasa lo mismo que con el vino).
Tampoco puedes gritar en plena calle, ya que en ese caso se supera fácilmente el límite de decibelios aconsejado para el oído humano y también te pueden quitar dinero. Esta ley aún es muy blanda, lo cual tenemos que agradecer, pues aún no se han tenido en cuenta los derechos de los animales; en cuanto esto ocurra será mucho más restrictiva, pues es bien sabido que los perros, por ejemplo, tienen el sentido del oído mucho más desarrollado que nosotros, con lo que con una simple palabra más alta que otra lo pasan fatal. Si de todas formas quieres gritar lo puedes hacer hacia dentro, con lo cual sólo te oyes tú, o también puedes ir al campo o a la playa; todo el mundo sabe que quien va al campo o a la playa pudiendo estar tranquilito en casa, es que está algo desequilibrado, con lo que si gritas, como todos están medio chalados, no pasa nada.

Posibilidades hay.
Por cierto, que te quiten dinero sólo ocurriría en el hipotético caso de que te descubran cometiendo alguna de esas ilegalidades, con lo que la pregunta que hay que hacerse es: ¿hay igualdad?
Y quizá una pregunta previa es: ¿somos libres?

07 marzo 2006

DICEN QUE LOS SAUCES DEL PASEO YA NO ESTÁN

Dicen que los sauces del paseo ya no están. Dicen. Pero tantas cosas; por ejemplo, que no se les caen las hojas. Claro, como ya no están. Al menos eso dicen. Yo los recuerdo igual, como si los viera. ¿Qué más da que ahora no estén?; lo importante es que hayan estado ahí y que yo me acuerde de ellos, con sus ramas como el rastro de las lágrimas que caían y sus hojas como si fueran las mismas lágrimas. A veces, me acuerdo, esas hojas brillaban casi más que el sol, precisamente porque les daba su luz y la reflejaban; era como si se iluminara todo el paseo gracias a eso. Los bancos parecían recién pintados y hasta daba cosa sentarse. A pesar de eso los viejos siempre se sentaban. Claro, a descansar. Y también a tomar el sol, a que les diera un poco de calorcito. Pero yo no, prefería no mancharme la falda de pintura. Ya, ya se que no estaban pintados de verdad, pero yo lo prefería.
Dicen en el pueblo que desde la estación de tren ya no se ven sus copas. Las de los sauces del paseo. Pero a mí me gusta ir allí y pensar en ellos. ¡Y los veo!, sí, sí. Cómo se balancean de un lado a otro, tan frágiles. Si sopla brisa desde la montaña de Gerd, la más alta, se mueven nerviosos, en todas direcciones, parece que se fueran a caer, como en un remolino. Y a mí me da un frío que tengo que entrar en la caseta a refugiarme; se está mejor dentro que fuera a pesar de que no haya cristales en las ventanas. A veces me siento en el suelo en vez de quedarme de pie; desde ahí se escucha mejor el sonido; es un fffiiiuuu insistente, como si alguien chistara sin cansarse. Otra cosa es cuando se mueven más tranquilos, mirando a la Plaza Mayor; es cuando empuja el viento desde el otro lado, desde la cima de Cuerde. Entonces si que se está bien, incluso no hay nubes en el cielo y puedes relajarte sin pensar en que las puntas de tus dedos se queden heladas. Unos días me gusta más correr hacia la caseta y otros quedarme sentada, con las manos sobre mis rodillas. Pero siempre pienso en los sauces, aunque sólo sea un momentito. A no ser que pase un perro o escuche hablar a alguien o cante algún gallo; sobre todo si pasa un perro, que me quedo muy parada, casi sin respirar. Pero después vuelvo a pensar en los sauces.
Y eso es lo que dicen, pero yo estoy tranquila, porque se que no es cierto del todo. También dicen que aquel chico no volverá, pero yo se que sí, que lo hará algún día. Lo se porque me lo dijo. Me dijo que lo esperara, y eso hago: esperarlo hasta que venga. Un día, cuando menos se lo piensen todos, bajará del tren, en esta misma estación. Bajará y me mirará, con esos ojos tan profundos. Bajará los escalones, con su abrigo largo, casi como una capa de sultán. Bajará los escalones del vagón y una ligera brisa hará temblar su cabello, templado al sol como las hojas de los sauces del paseo. Él me aseguró que vendría, que lo esperara. Me dijo que antes de que cayeran las hojas de los sauces estaría aquí. Eso es lo más bonito que me han dicho nunca. Era primavera y siempre lo recordaré.
También por eso voy cada día a la estación, a mirar a la gente que baja del tren. Hay personas de todo tipo: señoras con unos sombreros de ala ancha, horribles; señores con su bastón y su traje negro, muchos con chaleco... A algunos les va tan pequeño que casi se les saltan los botones. Yo me río con eso y también de otras cosas. Sobre todo de lo que dicen en el pueblo. No saben nada de sauces ni de hombres, pero yo sí. Al menos algo sé. Porque él me lo dijo.
Un día hasta me saludó uno. Pobrecito. Me dijo que venía a verme. Que le habían pasado muchas cosas que tenía que contarme, pero que ya estaba aquí, que no sufriera más. ¡Pero qué se había creído!, dirigirse con ese descaro a una señorita. Sin conocerme. Que había pensado mucho en mí, pero que ya estaba aquí. Qué simplón. Me dijo hasta una obscenidad que no me atrevo a repetir. Le contesté un poco enfadada, claro. Es normal, digo yo, enfadarse cuando una se siente incómoda. Y me armé de valor. Le dije que no era él quien yo esperaba. Sí, sí, se le quedó cara de pasta de boniato. Entonces me dio pena, pero continué con lo mío, mirando al tren.
El caso es que me gusta pensar en todo eso, en los sauces del paseo, aunque digan que ya no están, en mi chico, aunque digan que no va a volver, incluso en los viejos que se sientan en los bancos recién pintados a tomar el sol. Ya, ya sé que no están pintados de verdad, pero yo no me siento en ellos por si acaso, para no mancharme la falda.
LA NEVERA

De pie, frente a esta puerta otra vez; la misma puerta blanca de siempre, con su maneta horizontal a la altura de mi pecho, "esta mierda de palanca" como decía el impresentable de Félix. No era mal tipo, pero desde luego no se podía ir con él ni a la esquina de la calle; te descuidabas un segundo y ya había hecho alguna de las suyas: o estaba discutiendo con alguien o presentándose a alguna desconocida con una excusa falsa; ¿confiar en él?, bueno, es la primera vez que me hago esta pregunta, supongo que porque sé que ya no voy a hablarle más. No, no, por supuesto que no confiaría; de hecho, ahora que lo pienso nunca le conté nada demasiado íntimo como para que lo pudiera utilizar en mi contra. Sin duda lo habría hecho, el muy cabrón.
Otra vez frente a esta puerta, sí, y como a menudo, sin saber la hora que es, ni si es de día ni de noche. Bueno, tampoco exageremos, por la claridad que entra por la ventana debe ser mediodía, más o menos entre las diez de la mañana y las seis de la tarde. Estas fiestas tan descontroladas al final van a acabar con mi salud. Vamos a ver que tenemos por aquí dentro... Bien, lo mismo de casi siempre. Aún me sorprendo de cómo se puede sobrevivir con tan poca variedad; esta luz de esta nevera que jamás se apaga; ¿puede que no haya cambiado esta bombilla nunca? Sí, es posible; desde hace unos quince años que se mantiene ahí, estoica ella, con su destello inacabable... Y esos huevos a su lado, que guardo en su envase original para saber en qué fecha caducan, a pesar de que insisto en comérmelos una vez lo han hecho. Es curioso: ¿un huevo puede caducarse a sí mismo? Supongo que no. ¿Y si te lo comes y no digieres lo suficientemente rápido y caduca dentro de ti? Mejor no me respondo. ¿Quién era?, ¿quién era?, ¿Laura?, no, Laura... ¿Sonia?, sí, era Sonia la que se los comía crudos: cogía un huevo, le hacía un agujerito y lo posaba en sus labios; entonces le hacía otro agujero en el otro extremo y con la cabeza hacia arriba sorbía, lentamente, una vez, otra vez, sorbía, chupaba, creo yo, muy suave, casi sonriendo, formándosele esos hoyitos en sus mejillas, esos dos hoyuelos que me volvían loco, utilizando su lengua como si fuera un pequeño garfio caliente, atrayendo hacia su garganta el líquido, espeso. Ella misma me confesó lo agradable que le resultaba sentir esa textura y ese sabor en la parte final de su lengua, antes de que fuera cayendo por su garganta, decía que intentaba no tragar, sino dejar que el flujo se deslizara como si tuviera vida propia o atraído por la gravedad. Su técnica consistía en forzar los músculos del cuello iniciando la acción de un bostezo, pero sin acabarlo; parece que de esta forma su garganta se ensanchaba más de lo habitual y la mezcla densa caía, sola, hasta la boca de su estómago.
Esto me lo explicaba el día en que nos vimos por última vez, aunque yo en ese momento no imaginaba que era nuestra última cita. La vida da muchas vueltas, ya lo sé, y lleva consigo acontecimientos inesperados.
En fin, unas salchichas... No recordaba que tuvieran ese color blanquecino, ni esa gelatina... ¡ostia! ¡están supurando gelatina! Madre mía, parece que tengan poros; son como pequeños volcanes ¡qué pasada! ¡son ubres de cabra! ¡son pezones de cabra! Deben estar podridas... uf... qué peste; son ubres de cabra podridas, uf... nada, a la basura directamente.
A ver, qué más... ¡mierda! La gelatina ha caído sobre la lata de cerveza... y además la lata está abierta, pero ¿cómo es posi...? sí, Carlos la abrió el otro día y ahí se ha quedado; ¿aún tendrá saborcito? Qué suerte, parece que no ha entrado gelatina dentro... ummm, es increíble, estas marcas alemanas... les deben poner algún conservante para que sepan a cerveza después de tantos días. Seguro que Carlos lamería la gelatina el muy guarro; bueno, yo sólo me estoy bebiendo la cerveza...; ¿pues no me dijo el otro día que se le rompió el frenillo del pene y que casi se desangra?; y que siguió follando con la chica con la que estaba, que no podía parar; que le dolía, que le molestaba un poco pero que no podía parar; y dale que dale, un ligero escozor y mucha humedad, claro, la sangre que chorreaba; pero él, venga, mete y saca, mete y saca, y cada vez le picaba más, que no podía aguantar esa quemazón, pero que tampoco podía parar, que a ver quien aguantaba más, su cabeza o su pene... ganó su cabeza y se corrió en la barriga de la chica... una mezcla rosada, muy fluida; pero lo bueno fue la cara de sorpresa de ella; era una cáncer muy lunática y se creía verdaderamente que había obrado algún tipo de milagro. Él la dejó con la ilusión; total, parecía tan contenta.
Tú eres el ¿cómo diría?, el... a ver ese congelador... el nuevo de la familia, sí, el novatillo del grupo, Carlos... a ver si conserva bien los alimentos que vamos a tomar hoy... y quizá el más ¿tierno?... este congelador tan lleno y el resto de la nevera tan vacío... ¡no! el más sabroso, ¡eso! ¡sí!, sabroso; sin duda Raquel era la más tierna, y mira, por culpa de eso qué ha quedado de ella: la yema de un pulgar, una pantorrilla y un pezón; ¿o el pezón era de Maite? ¡Mecachis!, tengo todo esto un poco desordenado... ¡Bueno, va!, menos pensar y más actuar; ¿qué comemos hoy?
—¡Madre!
(...)
—¡Madre! ¿está usted ahí?
—¡Dime, hijo, dime!
—¡Qué le apetece comer, madre!
—¿Queda lomo, hijo?
—¿No prefiere usted codillo? ¿o costillar?
—¿No hay lomo, hijo?
—¡Sí queda, sí, ahora se lo llevo!
Esta madre mía, que se empeña en el lomo, y cualquiera la engaña. De acuerdo, lomo, ahora sólo me falta elegir de quién.