DICEN QUE LOS SAUCES DEL PASEO YA NO ESTÁN
Dicen que los sauces del paseo ya no están. Dicen. Pero tantas cosas; por ejemplo, que no se les caen las hojas. Claro, como ya no están. Al menos eso dicen. Yo los recuerdo igual, como si los viera. ¿Qué más da que ahora no estén?; lo importante es que hayan estado ahí y que yo me acuerde de ellos, con sus ramas como el rastro de las lágrimas que caían y sus hojas como si fueran las mismas lágrimas. A veces, me acuerdo, esas hojas brillaban casi más que el sol, precisamente porque les daba su luz y la reflejaban; era como si se iluminara todo el paseo gracias a eso. Los bancos parecían recién pintados y hasta daba cosa sentarse. A pesar de eso los viejos siempre se sentaban. Claro, a descansar. Y también a tomar el sol, a que les diera un poco de calorcito. Pero yo no, prefería no mancharme la falda de pintura. Ya, ya se que no estaban pintados de verdad, pero yo lo prefería.
Dicen en el pueblo que desde la estación de tren ya no se ven sus copas. Las de los sauces del paseo. Pero a mí me gusta ir allí y pensar en ellos. ¡Y los veo!, sí, sí. Cómo se balancean de un lado a otro, tan frágiles. Si sopla brisa desde la montaña de Gerd, la más alta, se mueven nerviosos, en todas direcciones, parece que se fueran a caer, como en un remolino. Y a mí me da un frío que tengo que entrar en la caseta a refugiarme; se está mejor dentro que fuera a pesar de que no haya cristales en las ventanas. A veces me siento en el suelo en vez de quedarme de pie; desde ahí se escucha mejor el sonido; es un fffiiiuuu insistente, como si alguien chistara sin cansarse. Otra cosa es cuando se mueven más tranquilos, mirando a la Plaza Mayor; es cuando empuja el viento desde el otro lado, desde la cima de Cuerde. Entonces si que se está bien, incluso no hay nubes en el cielo y puedes relajarte sin pensar en que las puntas de tus dedos se queden heladas. Unos días me gusta más correr hacia la caseta y otros quedarme sentada, con las manos sobre mis rodillas. Pero siempre pienso en los sauces, aunque sólo sea un momentito. A no ser que pase un perro o escuche hablar a alguien o cante algún gallo; sobre todo si pasa un perro, que me quedo muy parada, casi sin respirar. Pero después vuelvo a pensar en los sauces.
Y eso es lo que dicen, pero yo estoy tranquila, porque se que no es cierto del todo. También dicen que aquel chico no volverá, pero yo se que sí, que lo hará algún día. Lo se porque me lo dijo. Me dijo que lo esperara, y eso hago: esperarlo hasta que venga. Un día, cuando menos se lo piensen todos, bajará del tren, en esta misma estación. Bajará y me mirará, con esos ojos tan profundos. Bajará los escalones, con su abrigo largo, casi como una capa de sultán. Bajará los escalones del vagón y una ligera brisa hará temblar su cabello, templado al sol como las hojas de los sauces del paseo. Él me aseguró que vendría, que lo esperara. Me dijo que antes de que cayeran las hojas de los sauces estaría aquí. Eso es lo más bonito que me han dicho nunca. Era primavera y siempre lo recordaré.
También por eso voy cada día a la estación, a mirar a la gente que baja del tren. Hay personas de todo tipo: señoras con unos sombreros de ala ancha, horribles; señores con su bastón y su traje negro, muchos con chaleco... A algunos les va tan pequeño que casi se les saltan los botones. Yo me río con eso y también de otras cosas. Sobre todo de lo que dicen en el pueblo. No saben nada de sauces ni de hombres, pero yo sí. Al menos algo sé. Porque él me lo dijo.
Un día hasta me saludó uno. Pobrecito. Me dijo que venía a verme. Que le habían pasado muchas cosas que tenía que contarme, pero que ya estaba aquí, que no sufriera más. ¡Pero qué se había creído!, dirigirse con ese descaro a una señorita. Sin conocerme. Que había pensado mucho en mí, pero que ya estaba aquí. Qué simplón. Me dijo hasta una obscenidad que no me atrevo a repetir. Le contesté un poco enfadada, claro. Es normal, digo yo, enfadarse cuando una se siente incómoda. Y me armé de valor. Le dije que no era él quien yo esperaba. Sí, sí, se le quedó cara de pasta de boniato. Entonces me dio pena, pero continué con lo mío, mirando al tren.
El caso es que me gusta pensar en todo eso, en los sauces del paseo, aunque digan que ya no están, en mi chico, aunque digan que no va a volver, incluso en los viejos que se sientan en los bancos recién pintados a tomar el sol. Ya, ya sé que no están pintados de verdad, pero yo no me siento en ellos por si acaso, para no mancharme la falda.
Dicen que los sauces del paseo ya no están. Dicen. Pero tantas cosas; por ejemplo, que no se les caen las hojas. Claro, como ya no están. Al menos eso dicen. Yo los recuerdo igual, como si los viera. ¿Qué más da que ahora no estén?; lo importante es que hayan estado ahí y que yo me acuerde de ellos, con sus ramas como el rastro de las lágrimas que caían y sus hojas como si fueran las mismas lágrimas. A veces, me acuerdo, esas hojas brillaban casi más que el sol, precisamente porque les daba su luz y la reflejaban; era como si se iluminara todo el paseo gracias a eso. Los bancos parecían recién pintados y hasta daba cosa sentarse. A pesar de eso los viejos siempre se sentaban. Claro, a descansar. Y también a tomar el sol, a que les diera un poco de calorcito. Pero yo no, prefería no mancharme la falda de pintura. Ya, ya se que no estaban pintados de verdad, pero yo lo prefería.
Dicen en el pueblo que desde la estación de tren ya no se ven sus copas. Las de los sauces del paseo. Pero a mí me gusta ir allí y pensar en ellos. ¡Y los veo!, sí, sí. Cómo se balancean de un lado a otro, tan frágiles. Si sopla brisa desde la montaña de Gerd, la más alta, se mueven nerviosos, en todas direcciones, parece que se fueran a caer, como en un remolino. Y a mí me da un frío que tengo que entrar en la caseta a refugiarme; se está mejor dentro que fuera a pesar de que no haya cristales en las ventanas. A veces me siento en el suelo en vez de quedarme de pie; desde ahí se escucha mejor el sonido; es un fffiiiuuu insistente, como si alguien chistara sin cansarse. Otra cosa es cuando se mueven más tranquilos, mirando a la Plaza Mayor; es cuando empuja el viento desde el otro lado, desde la cima de Cuerde. Entonces si que se está bien, incluso no hay nubes en el cielo y puedes relajarte sin pensar en que las puntas de tus dedos se queden heladas. Unos días me gusta más correr hacia la caseta y otros quedarme sentada, con las manos sobre mis rodillas. Pero siempre pienso en los sauces, aunque sólo sea un momentito. A no ser que pase un perro o escuche hablar a alguien o cante algún gallo; sobre todo si pasa un perro, que me quedo muy parada, casi sin respirar. Pero después vuelvo a pensar en los sauces.
Y eso es lo que dicen, pero yo estoy tranquila, porque se que no es cierto del todo. También dicen que aquel chico no volverá, pero yo se que sí, que lo hará algún día. Lo se porque me lo dijo. Me dijo que lo esperara, y eso hago: esperarlo hasta que venga. Un día, cuando menos se lo piensen todos, bajará del tren, en esta misma estación. Bajará y me mirará, con esos ojos tan profundos. Bajará los escalones, con su abrigo largo, casi como una capa de sultán. Bajará los escalones del vagón y una ligera brisa hará temblar su cabello, templado al sol como las hojas de los sauces del paseo. Él me aseguró que vendría, que lo esperara. Me dijo que antes de que cayeran las hojas de los sauces estaría aquí. Eso es lo más bonito que me han dicho nunca. Era primavera y siempre lo recordaré.
También por eso voy cada día a la estación, a mirar a la gente que baja del tren. Hay personas de todo tipo: señoras con unos sombreros de ala ancha, horribles; señores con su bastón y su traje negro, muchos con chaleco... A algunos les va tan pequeño que casi se les saltan los botones. Yo me río con eso y también de otras cosas. Sobre todo de lo que dicen en el pueblo. No saben nada de sauces ni de hombres, pero yo sí. Al menos algo sé. Porque él me lo dijo.
Un día hasta me saludó uno. Pobrecito. Me dijo que venía a verme. Que le habían pasado muchas cosas que tenía que contarme, pero que ya estaba aquí, que no sufriera más. ¡Pero qué se había creído!, dirigirse con ese descaro a una señorita. Sin conocerme. Que había pensado mucho en mí, pero que ya estaba aquí. Qué simplón. Me dijo hasta una obscenidad que no me atrevo a repetir. Le contesté un poco enfadada, claro. Es normal, digo yo, enfadarse cuando una se siente incómoda. Y me armé de valor. Le dije que no era él quien yo esperaba. Sí, sí, se le quedó cara de pasta de boniato. Entonces me dio pena, pero continué con lo mío, mirando al tren.
El caso es que me gusta pensar en todo eso, en los sauces del paseo, aunque digan que ya no están, en mi chico, aunque digan que no va a volver, incluso en los viejos que se sientan en los bancos recién pintados a tomar el sol. Ya, ya sé que no están pintados de verdad, pero yo no me siento en ellos por si acaso, para no mancharme la falda.