LA NEVERA
De pie, frente a esta puerta otra vez; la misma puerta blanca de siempre, con su maneta horizontal a la altura de mi pecho, "esta mierda de palanca" como decía el impresentable de Félix. No era mal tipo, pero desde luego no se podía ir con él ni a la esquina de la calle; te descuidabas un segundo y ya había hecho alguna de las suyas: o estaba discutiendo con alguien o presentándose a alguna desconocida con una excusa falsa; ¿confiar en él?, bueno, es la primera vez que me hago esta pregunta, supongo que porque sé que ya no voy a hablarle más. No, no, por supuesto que no confiaría; de hecho, ahora que lo pienso nunca le conté nada demasiado íntimo como para que lo pudiera utilizar en mi contra. Sin duda lo habría hecho, el muy cabrón.
Otra vez frente a esta puerta, sí, y como a menudo, sin saber la hora que es, ni si es de día ni de noche. Bueno, tampoco exageremos, por la claridad que entra por la ventana debe ser mediodía, más o menos entre las diez de la mañana y las seis de la tarde. Estas fiestas tan descontroladas al final van a acabar con mi salud. Vamos a ver que tenemos por aquí dentro... Bien, lo mismo de casi siempre. Aún me sorprendo de cómo se puede sobrevivir con tan poca variedad; esta luz de esta nevera que jamás se apaga; ¿puede que no haya cambiado esta bombilla nunca? Sí, es posible; desde hace unos quince años que se mantiene ahí, estoica ella, con su destello inacabable... Y esos huevos a su lado, que guardo en su envase original para saber en qué fecha caducan, a pesar de que insisto en comérmelos una vez lo han hecho. Es curioso: ¿un huevo puede caducarse a sí mismo? Supongo que no. ¿Y si te lo comes y no digieres lo suficientemente rápido y caduca dentro de ti? Mejor no me respondo. ¿Quién era?, ¿quién era?, ¿Laura?, no, Laura... ¿Sonia?, sí, era Sonia la que se los comía crudos: cogía un huevo, le hacía un agujerito y lo posaba en sus labios; entonces le hacía otro agujero en el otro extremo y con la cabeza hacia arriba sorbía, lentamente, una vez, otra vez, sorbía, chupaba, creo yo, muy suave, casi sonriendo, formándosele esos hoyitos en sus mejillas, esos dos hoyuelos que me volvían loco, utilizando su lengua como si fuera un pequeño garfio caliente, atrayendo hacia su garganta el líquido, espeso. Ella misma me confesó lo agradable que le resultaba sentir esa textura y ese sabor en la parte final de su lengua, antes de que fuera cayendo por su garganta, decía que intentaba no tragar, sino dejar que el flujo se deslizara como si tuviera vida propia o atraído por la gravedad. Su técnica consistía en forzar los músculos del cuello iniciando la acción de un bostezo, pero sin acabarlo; parece que de esta forma su garganta se ensanchaba más de lo habitual y la mezcla densa caía, sola, hasta la boca de su estómago.
Esto me lo explicaba el día en que nos vimos por última vez, aunque yo en ese momento no imaginaba que era nuestra última cita. La vida da muchas vueltas, ya lo sé, y lleva consigo acontecimientos inesperados.
En fin, unas salchichas... No recordaba que tuvieran ese color blanquecino, ni esa gelatina... ¡ostia! ¡están supurando gelatina! Madre mía, parece que tengan poros; son como pequeños volcanes ¡qué pasada! ¡son ubres de cabra! ¡son pezones de cabra! Deben estar podridas... uf... qué peste; son ubres de cabra podridas, uf... nada, a la basura directamente.
A ver, qué más... ¡mierda! La gelatina ha caído sobre la lata de cerveza... y además la lata está abierta, pero ¿cómo es posi...? sí, Carlos la abrió el otro día y ahí se ha quedado; ¿aún tendrá saborcito? Qué suerte, parece que no ha entrado gelatina dentro... ummm, es increíble, estas marcas alemanas... les deben poner algún conservante para que sepan a cerveza después de tantos días. Seguro que Carlos lamería la gelatina el muy guarro; bueno, yo sólo me estoy bebiendo la cerveza...; ¿pues no me dijo el otro día que se le rompió el frenillo del pene y que casi se desangra?; y que siguió follando con la chica con la que estaba, que no podía parar; que le dolía, que le molestaba un poco pero que no podía parar; y dale que dale, un ligero escozor y mucha humedad, claro, la sangre que chorreaba; pero él, venga, mete y saca, mete y saca, y cada vez le picaba más, que no podía aguantar esa quemazón, pero que tampoco podía parar, que a ver quien aguantaba más, su cabeza o su pene... ganó su cabeza y se corrió en la barriga de la chica... una mezcla rosada, muy fluida; pero lo bueno fue la cara de sorpresa de ella; era una cáncer muy lunática y se creía verdaderamente que había obrado algún tipo de milagro. Él la dejó con la ilusión; total, parecía tan contenta.
Tú eres el ¿cómo diría?, el... a ver ese congelador... el nuevo de la familia, sí, el novatillo del grupo, Carlos... a ver si conserva bien los alimentos que vamos a tomar hoy... y quizá el más ¿tierno?... este congelador tan lleno y el resto de la nevera tan vacío... ¡no! el más sabroso, ¡eso! ¡sí!, sabroso; sin duda Raquel era la más tierna, y mira, por culpa de eso qué ha quedado de ella: la yema de un pulgar, una pantorrilla y un pezón; ¿o el pezón era de Maite? ¡Mecachis!, tengo todo esto un poco desordenado... ¡Bueno, va!, menos pensar y más actuar; ¿qué comemos hoy?
—¡Madre!
(...)
—¡Madre! ¿está usted ahí?
—¡Dime, hijo, dime!
—¡Qué le apetece comer, madre!
—¿Queda lomo, hijo?
—¿No prefiere usted codillo? ¿o costillar?
—¿No hay lomo, hijo?
—¡Sí queda, sí, ahora se lo llevo!
Esta madre mía, que se empeña en el lomo, y cualquiera la engaña. De acuerdo, lomo, ahora sólo me falta elegir de quién.
De pie, frente a esta puerta otra vez; la misma puerta blanca de siempre, con su maneta horizontal a la altura de mi pecho, "esta mierda de palanca" como decía el impresentable de Félix. No era mal tipo, pero desde luego no se podía ir con él ni a la esquina de la calle; te descuidabas un segundo y ya había hecho alguna de las suyas: o estaba discutiendo con alguien o presentándose a alguna desconocida con una excusa falsa; ¿confiar en él?, bueno, es la primera vez que me hago esta pregunta, supongo que porque sé que ya no voy a hablarle más. No, no, por supuesto que no confiaría; de hecho, ahora que lo pienso nunca le conté nada demasiado íntimo como para que lo pudiera utilizar en mi contra. Sin duda lo habría hecho, el muy cabrón.
Otra vez frente a esta puerta, sí, y como a menudo, sin saber la hora que es, ni si es de día ni de noche. Bueno, tampoco exageremos, por la claridad que entra por la ventana debe ser mediodía, más o menos entre las diez de la mañana y las seis de la tarde. Estas fiestas tan descontroladas al final van a acabar con mi salud. Vamos a ver que tenemos por aquí dentro... Bien, lo mismo de casi siempre. Aún me sorprendo de cómo se puede sobrevivir con tan poca variedad; esta luz de esta nevera que jamás se apaga; ¿puede que no haya cambiado esta bombilla nunca? Sí, es posible; desde hace unos quince años que se mantiene ahí, estoica ella, con su destello inacabable... Y esos huevos a su lado, que guardo en su envase original para saber en qué fecha caducan, a pesar de que insisto en comérmelos una vez lo han hecho. Es curioso: ¿un huevo puede caducarse a sí mismo? Supongo que no. ¿Y si te lo comes y no digieres lo suficientemente rápido y caduca dentro de ti? Mejor no me respondo. ¿Quién era?, ¿quién era?, ¿Laura?, no, Laura... ¿Sonia?, sí, era Sonia la que se los comía crudos: cogía un huevo, le hacía un agujerito y lo posaba en sus labios; entonces le hacía otro agujero en el otro extremo y con la cabeza hacia arriba sorbía, lentamente, una vez, otra vez, sorbía, chupaba, creo yo, muy suave, casi sonriendo, formándosele esos hoyitos en sus mejillas, esos dos hoyuelos que me volvían loco, utilizando su lengua como si fuera un pequeño garfio caliente, atrayendo hacia su garganta el líquido, espeso. Ella misma me confesó lo agradable que le resultaba sentir esa textura y ese sabor en la parte final de su lengua, antes de que fuera cayendo por su garganta, decía que intentaba no tragar, sino dejar que el flujo se deslizara como si tuviera vida propia o atraído por la gravedad. Su técnica consistía en forzar los músculos del cuello iniciando la acción de un bostezo, pero sin acabarlo; parece que de esta forma su garganta se ensanchaba más de lo habitual y la mezcla densa caía, sola, hasta la boca de su estómago.
Esto me lo explicaba el día en que nos vimos por última vez, aunque yo en ese momento no imaginaba que era nuestra última cita. La vida da muchas vueltas, ya lo sé, y lleva consigo acontecimientos inesperados.
En fin, unas salchichas... No recordaba que tuvieran ese color blanquecino, ni esa gelatina... ¡ostia! ¡están supurando gelatina! Madre mía, parece que tengan poros; son como pequeños volcanes ¡qué pasada! ¡son ubres de cabra! ¡son pezones de cabra! Deben estar podridas... uf... qué peste; son ubres de cabra podridas, uf... nada, a la basura directamente.
A ver, qué más... ¡mierda! La gelatina ha caído sobre la lata de cerveza... y además la lata está abierta, pero ¿cómo es posi...? sí, Carlos la abrió el otro día y ahí se ha quedado; ¿aún tendrá saborcito? Qué suerte, parece que no ha entrado gelatina dentro... ummm, es increíble, estas marcas alemanas... les deben poner algún conservante para que sepan a cerveza después de tantos días. Seguro que Carlos lamería la gelatina el muy guarro; bueno, yo sólo me estoy bebiendo la cerveza...; ¿pues no me dijo el otro día que se le rompió el frenillo del pene y que casi se desangra?; y que siguió follando con la chica con la que estaba, que no podía parar; que le dolía, que le molestaba un poco pero que no podía parar; y dale que dale, un ligero escozor y mucha humedad, claro, la sangre que chorreaba; pero él, venga, mete y saca, mete y saca, y cada vez le picaba más, que no podía aguantar esa quemazón, pero que tampoco podía parar, que a ver quien aguantaba más, su cabeza o su pene... ganó su cabeza y se corrió en la barriga de la chica... una mezcla rosada, muy fluida; pero lo bueno fue la cara de sorpresa de ella; era una cáncer muy lunática y se creía verdaderamente que había obrado algún tipo de milagro. Él la dejó con la ilusión; total, parecía tan contenta.
Tú eres el ¿cómo diría?, el... a ver ese congelador... el nuevo de la familia, sí, el novatillo del grupo, Carlos... a ver si conserva bien los alimentos que vamos a tomar hoy... y quizá el más ¿tierno?... este congelador tan lleno y el resto de la nevera tan vacío... ¡no! el más sabroso, ¡eso! ¡sí!, sabroso; sin duda Raquel era la más tierna, y mira, por culpa de eso qué ha quedado de ella: la yema de un pulgar, una pantorrilla y un pezón; ¿o el pezón era de Maite? ¡Mecachis!, tengo todo esto un poco desordenado... ¡Bueno, va!, menos pensar y más actuar; ¿qué comemos hoy?
—¡Madre!
(...)
—¡Madre! ¿está usted ahí?
—¡Dime, hijo, dime!
—¡Qué le apetece comer, madre!
—¿Queda lomo, hijo?
—¿No prefiere usted codillo? ¿o costillar?
—¿No hay lomo, hijo?
—¡Sí queda, sí, ahora se lo llevo!
Esta madre mía, que se empeña en el lomo, y cualquiera la engaña. De acuerdo, lomo, ahora sólo me falta elegir de quién.
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